Transpatagonia 2002: querer es poder

22 05 2008

Mariano Loréfice – Experto Aventurarse

Unir los dos océanos por caminos y rutas no es difícil. Pero, hacerlo a través de los Andes por senderos y por la Meseta de Somuncurá, exige hacer camino al andar. Para la segunda edición de la travesía Transpatagonia, tenía preparada una sorpresa. Quería hacer un cruce a los Andes diferente y sólo me faltaba encontrar a los audaces que se atrevieran. Moni Nicola, del gimnasio Pacha de Venado Tuerto, me presentó un grupo de personas que querían vivir una aventura y a quienes, si algo les sobraba, eso era entusiasmo. A ellos se les sumaron algunos participantes más y quedó conformado un equipo de diez ciclistas, muy diverso y desparejo, con gente que en un noventa por ciento no tenía nada de experiencia en travesías de estas características.¿Quiénes están preparados?

Más fácil habría sido ir con ellos a alguna carrera de aventura, donde, llegado el caso, se podrían retirar de la prueba. Pero en esta ocasión no habría posibilidades de abandono: tendríamos que llegar o llegar. Durante los tres días del cruce, quedaríamos sin vehículo de apoyo y sólo con la posibilidad de obtener eventual y limitada ayuda de algún poblador aislado. Cada uno tendría que pilotear su bicicleta por trabados senderos y cargarla por escarpadas subidas, con una mochila, bolsa de dormir y colchoneta.

Confiaba en que las etapas habían sido diagramadas para que les quedara margen e incluso un día de descanso. La experiencia con otros grupos en travesías con características extremas, me había demostrado que tanto chicos, mujeres y veteranos pueden hacerlo. Como ejemplo, en la edición de Transpatagonia del año anterior, Laura Balestra, la doctora del grupo, que no era ciclista ni entrenaba, acompañó en todo el recorrido a sus posibles pacientes, con una bicicleta de acero y horquilla rígida. O el caso de Guido de Giovanni, quien, con 14 años, al igual que Laura completó el recorrido a puro pedal.

Siempre aparecen casos destacables que sirven como buen ejemplo para aquél que tiene una buena bici, entrena a diario y no se anima. Creo que cualquiera, con un entrenamiento medio y ganas, puede realizar las etapas. Lo fundamental son las ganas y no se puede hacer nada ante la desmotivación de la persona más entrenada.

El héroe de la Patagonia

Mientras esperábamos la balsa para cruzar el lago Tagua Tagua, algunos descansaban, tomaban mate, sacaban fotos y contaban historias. Pero hubo alguien que juntaba basura. Para él la basura no era chilena: así como el medio ambiente, era de todos y debía ser juntada. Ese era el concepto conservacionista de Mariano Blatt. ¿Quién sabe si cruzaría la Patagonia?, pero a su paso dejaría la huella invisible de quienes saben andar.

En la región cordillerana patagónica, aún quedan pasos a Chile restringidos a todo vehículo motorizado. Hay muchas huellas y senderos que se pueden trasformar en un obstáculo infranqueable para todo aquel que no esté dispuesto a esforzarse. Pero, ¿para qué esforzarse habiendo caminos? La respuesta la tendrán todos aquellos que vivan la experiencia y se animen a llegar, aunque sea empujando las bicis.

Para unir la aldea de Llanada Grande, en Chile, con el lago Puelo y el Bolsón, hay que descifrar una maraña de senderos que llevan a lugares de una belleza extraordinaria. Bordeando lagos, ríos y cruzando pequeñas pampitas, se pueden encontrar pobladores que se describirían como habitantes del paraíso. Como premio a nuestro esfuerzo podríamos compartirlo con ellos.

En medio del bosque, cuando el cansancio se siente y la luz apenas atraviesa la tupida floresta, podés sentirte perdido. El sendero se hace tan estrecho que apenas puede pasar un peatón. La huella tan profunda y angosta, es una canaleta que labró el agua y apenas deja espacio para los pies. Las manos van ocupadas en empujar la bicicleta y retirar las ramas para abrirnos paso.

La cuesta parece que llevara al cielo. Interminable, nos obliga a resignarnos. Nuestra velocidad apenas alcanza el kilómetro en la hora. La distancia se transforma en un enigma y los cálculos de tiempo nos advierten que de día no llegamos. Por fin termina la subida. No alcanzamos el cielo y lo tenemos que adivinar por encima del eterno techo de vegetación de la selva valdiviana.

La bici se transforma en un elemento de batalla que amigablemente abre la cortina de vegetación y nos permite deslizarnos en las bajadas, rumbo a lo desconocido. De una forma instintiva, como jamás lo habíamos hecho, disfrutamos del dominio de una bicicleta que en ese momento descubría el verdadero mountain bike. Jugamos, nos sentimos chicos y también nos caemos como tales.

Lógicamente, los integrantes del grupo tenían habilidades dispares. Había quienes eran más fuertes en las subidas y quienes eran más hábiles en las bajadas. También teníamos a Dina, sobrecargada de peso y cosas superfluas, como luego admitió ella, y a Mario, ¡quien se había olvidado la mochila!

Pero lo más importante era la gente y las buenas personas que constituían el grupo. Esto fue fundamental para formar un excelente equipo. No faltó quien le cediera a Mario una bolsa de dormir, ni quienes se quedaran atrás para ayudar a Dina, que por suerte no se fastidiaba ni perdía el buen humor.

En mi caso, cargaba dos alforjas laterales, un bolso superior y un trailer Halawa. Mi equipaje estaba constituido por elementos de auxilio y la comida, que era para que 11 personas comieran durante dos días. En las angostas canaletas que a veces teníamos como camino, y entre las piedras, el trailer podía llegar a atascarse. Pero ahí estaban, serviciales para desatascarlo. Quién sabe de dónde les salía la motivación. Todos estaban cansados, pero no dejaban de solidarizarse.

El dominio y el temple de cada uno se pusieron a prueba. El dominio, estrechamente ligado al coraje y a la prudencia en las bajadas. El temple, con la garra, la paciencia y la confianza en las interminables cuestas minadas de rocas, donde la bici se transforma en un lastre. Nos hubiéramos encontrado perdidos si perdíamos la confianza. Era una prueba psicológica, en la que casi todos debieron encontrar el poder de su fuerza interior.

Continúa…

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Perito Moreno: el explorador de la Patagonia

18 05 2008

Francisco P. Moreno, a quien la posteridad conoce como el Perito Moreno, fue sin duda el más importante viajero argentino a las regiones patagónicas. Recorrió esos parajes no sólo por una fuerte e innata atracción por la investigación y la aventura, sino también por un acendrado patriotismo. “Viaje a la Patagonia Austral” narra las vicisitudes de un viaje que reconoce como ilustres antecesores a Charles Darwin en la expedición comandada por Fitz Roy y a George Musters.  
   
Explorador y naturalista argentino (1852-1919). Desde muy joven su afición por las ciencias naturales lo llevó a formar colecciones paleozoológicas, botánicas y antropológicas. Por encargo de la Sociedad Científica Argentina exploró la Patagonia desde Carmen de Patagones, por el valle del río Negro y el Limay, hasta el lago Nahuel Huapi y la cordillera de los Andes. Reconoció el río Santa Cruz hasta sus fuentes, viaje en el cual descubrió el lago San Martín. Posteriormente retornó a la Patagonia y emprendió una nueva expedición por la zona de los lagos. Por sus conocimientos acerca de la región andina austral, fue designado perito de la comisión de límites entre la Argentina y Chile en 1902. Las valiosas colecciones científicas reunidas en sus viajes las donó para constituir el Museo Antropológico y Arqueológico de Buenos Aires, del cual fue nombrado director. Sobre esta base se creó, en 1884, el Museo de La Plata, con nuevas colecciones donadas también por Moreno. Obras: Viaje a la Patagonia austral; Viaje a la región andina de la Patagonia; Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios de Neuquén, etcétera.

Nacido en Buenos Aires el 31 de mayo de 1852, su pasión por la naturaleza, por su tierra y en particular por la Patagonia, constituyeron motivaciones fundamentales que marcaron su accionar.
En 1883, a los 21 años, inició un viaje a la región del Río Negro, con exploraciones que prosiguieron en forma casi ininterrumpida hasta 1880.
Luchó denodadamente para concretar su sueño de un gran museo porque consideraba que era una esperanza importante para el futuro del país. Junto a otros hombres de su época, aspiraba a convertir a la cuidad de La Plata en el principal centro cultural y científico de la Argentina.
Como otros prohombres de su generación, estaba decidido al desarrollo de la ciencia en favor de la patria, y fue él quien decidió llamar a esta institución “Museo de La Plata”, entendiendo que esta nueva institución abarcaría todas las ramas de la Historia Natural.

En los casi veinte años en que se desempeñó como director, Moreno se rodeó de un conjunto de técnicos y científicos, argentinos y extranjeros del más alto nivel. Para la construcción y decoración del magnífico edificio, convocó a prestigiosos arquitectos, escultores y pintores.
Durante su dirección, el Museo alcanzó proyección nacional e internacional.

Los caminos del sur

Científico naturalista y explorador de la Patagonia, conocido como Perito Moreno. Nació en Buenos Aires; su padre había estado exiliado en Uruguay durante el período de Rosas y su madre era hija de un oficial británico que había sido capturado en la invasión de 1807 y permanecido en la Argentina.

Desde su juventud Francisco estuvo fascinado por los libros de viajes; este interés fue avivado aún más por sus contactos con Germán Burmeister, director del Museo de Buenos Aires; antes de cumplir veinte años, había empezado a reunir piedras, fósiles, etc., que habrían de constituir la base de su gran colección; en 1872 un amigo le hizo llegar algunos descubrimientos antropológicos importantes del valle del Río Negro en el sur; desde entonces efectuó reiterados viajes exploratorios y científicos a través de todo el ámbito de los territorios de la Patagonia, abriendo esta desconocida región no sólo a los científicos sino también, exponiéndola a través de sus escritos, por vez primera, a la plena atención del país, como una parte de la república que debería ser desarrollada.

Moreno recorre el río Santa Cruz, desde su desembocadura en el Atlántico hasta sus nacientes en la cordillera de los Andes. Llega así a los lagos Argentino y San Martín, a los cuales bautiza con esos nombres, y al lago Viedma. F. Moreno coronó allí una verdadera epopeya pacífica que culminaría pocos años más tarde, cuando el gobierno argentino lo nombra perito en las cuestiones de límites suscitadas con Chile, teniendo en cuenta su profundo conocimiento de la región, al que se unían un absoluto desinterés personal y un inconmovible amor a la tierra donde había nacido.

Francisco P. Moreno nació el 31 de Mayo de 1852.
Una pequeña placa en la vieja casona donde creció, da cuenta del nacimiento y recuerda que a él se debe la creación del scoutismo argentino. Su madre, Juana Twaites, era hija de un oficial inglés de la Reconquista que después de permanecer un tiempo preso se estableció en Buenos Aires.

El padre, Francisco Facundo Moreno, nacido en 1819,luchó contra la tiranía rosista, estuvo exiliado en Uruguay y, de regreso desarrolló una próspera actividad empresaria. Sin el apoyo económico, la comprensión y el estimulo de su padre, el futuro explorador de la Patagonia no hubiera podido emprender sus primeras excursiones paleontológicas en las que aprendió a amar a la naturaleza y sintió intensamente la atracción de lo desconocido.

En realidad, desde muy niño había dado muestras de inteligencia e inclinación por las aventuras. Alguna vez recordó la viva impresión que le produjeron los relatos de las hazañas de Stanley y Livingstone en el África o las de los viajeros que intentaban alcanzar el Polo Norte. Había en él, como en los personajes de Julio Verne, una precoz curiosidad científica y una fuerte tendencia a descifrar los enigmas de la naturaleza. A los 11 años ingresó en el Colegio San José, donde permaneció hasta los 14. Durante ese lapso siguió atentamente las alternativas de la guerra con el Paraguay, lo que fortaleció su sentimiento patriótico así como un vago deseo de heroísmo y el afán de ser útil al país. Pasó luego al colegio de Catedral al Norte, Donde con sus hermanos José‚ y Eduardo alternaban los estudios con las excursiones por las barrancas del río, buscando huesos prehistóricos había instalado un incipiente museo en el mirador de su casa, que ya no era la de Paseo Colón. Allí, después su madre murió de cólera. El padre con los 5 hijos, tres varones y dos mujeres se instaló en una quinta de su propiedad que ocupaba seis manzanas en la zona del Parque de los Patricios.

Al producirse la epidemia de fiebre amarilla, padre e hijos se refugiaron en la estancia de un pariente en Chascomús. En esta etapa de su vida, Perito Moreno vivió un feliz período de aproximación a la naturaleza y vio acrecentarse su colección. Esta era ya tan grande, que su padre, en 1872, le cedió un edificio de la quinta para que trasladara allí su museo. En 1973, fecha en que el padre contrajo nuevo matrimonio, el joven Moreno viajó a Carmen de Patagones.

Allí desenterró flechas, puntas de lanzas, sílices tallados y sesenta cráneos en los que sus conocimientos de autodidacta le indicaban una antigüedad de varios miles de años.

Envió un informe al antropólogo Paul Broca, quien lo publicó en una revista de Paris y logró despertar el interés de varios sabios europeos por el estudio de las razas aborígenes de América. Ese viaje y la repercusión de sus hallazgos fueron su bautismo de fuego. La Academia Nacional de Ciencias de Córdoba lo nombró a los 22 años miembro correspondiente de esta. A los 27 años seria también miembro correspondiente de sociedades científicas de París, Berlín, Roma, Londres y Lieja.

El 17 de octubre de 1877 el gobierno de la provincia de Bs. As. aceptó la donación de sus colecciones y el 13 de noviembre lo nombró director del Museo de La Plata resolviendo que las piezas se conservarán provisionalmente en su poder hasta que fuera posible instalarlas en un recinto apropiado. Durante ese tiempo, el joven científico (tenia 26 años) publicó varios trabajos en que los sostuvo con fundamentos geográficos la defensa de los derechos argentinos en la Patagonia.

En 1879, se lo nombró jefe de la comisión exploradora de los territorios del Sur para estudiar la posibilidad de establecer colonias en la región situada entre los ríos Negro y Deseado. Al aceptar, Moreno pidió como única compensación, el derecho de incorporar a su museo las piezas fósiles que eventualmente pudiera hallar.

La ley 4192 le otorgó como recompensa por los servicios gratuitos prestados al país, con anterioridad a su nombramiento de perito, una extensión de campos fiscales. El 6 de noviembre de 1903 dona tres leguas de esas tierras con destino a la creación de un Parque Nacional, primero en la Argentina y que luego se denominaría Nahuel Huapi.
En 1910, fue elegido entre un grupo selecto de ciudadanos diputado nacional. Su paso por el congreso fue breve pero feliz en iniciativas vinculadas algunas con un tema por el que había manifestado en los últimos tiempos particular interés, la educación. Tanto fue así, que en 1911, renunció a su banca para aceptar el ofrecimiento de la vicepresidencia del Consejo Nacional de Educación. Creó los jardines de infantes para barrios obreros. Estableció el suministro del vaso de leche y pan en las escuelas primarias. Unos años antes había creado la institución del Boy Scout Argentino, filial local de la iniciada en Inglaterra por Baden Powell. En la vieja quinta del barrio de los Pastoricios creó una suerte de asilo en la que recogió a los chicos arrancados de los basurales para alimentarlos e instruirlos.

La fortuna heredada del padre le sirvió también para llevar a cabo mucha de sus innovaciones educativas. Moreno aplicó su dinero al servicio del país y el precio de esa obra patriótica fue la pérdida de todos sus bienes que debió ir vendiendo uno a uno. Se vio obligado a enajenar la quinta del parque de los Patricios y fue cambiando luego de domicilio arrendando casas cada vez más humildes.

Pocos días antes de morir escribió las siguientes palabras: “Tengo 66 años y ni un centavo… Yo, que he dado mil ochocientas leguas a mi patria y el Parque Nacional, donde los hombres de mañana, reposando, adquieran nuevas fuerzas para servirla, no dejo a mis hijos un metro de tierra donde sepultar mis cenizas…”.

Escribía el perito Moreno al ingeniero Frey, el 16 de noviembre de 1919, “Quiero volver al decano de los lagos, el Nahuel Huapi. Quiero hacer lo que pensé siempre realizar, aun cuando deje mis huesos allá. Espero salir de aquí a fin de mes o principios del entrante.
El Congreso Nacional sancionó en 1934 la ley ll918 por la que se disponía erigir un mausoleo en la región de Nahuel Huapi para depositar sus restos, lo que se concretó en 1944.

Desde entonces, las cenizas de este héroe civil, junto con las de su esposa, yacen en la Isla Cantinela en medio de la majestuosidad, la belleza y el silencio del lago, los cielos y el ancho cielo austral. La mayor parte de las personas que visitan hoy estos parajes de impronunciable hermosura ignoran la vida novelesca y a la vez noble, desinteresada, patriótica, de quien fuera su descubridor y al mismo tiempo inspirador de tantas acciones que contribuyeron, sin metáfora, a engrandecer al país.

Sus viajes

Con la cooperación de la Sociedad Científica Argentina y del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires el joven Moreno, tenía entonces 23 años, partió de Buenos Aires en septiembre de 1875. Su propósito era alcanzar el lago Nahuel Huapi, al cual no había llegado ningún hombre blanco viniendo desde el Atlántico y desde allí seguir a Chile. En esa época el ferrocarril llegaba a Las Flores y desde este punto se seguía por la mensajería al Azul, Bahía Blanca y Patagones, a través de tierras casi desiertas Y expuestas al ataque del indígena.

Con un presidiario, Manuel Silva, como asistente 4 indios y 30 yeguas se dirige hacia el Oeste bordeando el río Negro y luego el Limay. Llegando al Collón Cura, era necesario obtener la autorización del cacique Shaihueque, poderoso señor de la región de las Manzanas (Manzana-geyú), quien dominaba los pasos a Chile. Los consejeros del cacique, Loncochino y Valdés, convencen al mismo del peligro que entrañaba para el “Gobierno de las Manzanas” que los argentinos conocieran los pasos fronterizos cuando Argentina y Chile proyectaban avanzar sus fronteras.
En el llano de Quem-quem-tren se realizó una Junta de Guerra, que ratificó al parecer del cacique: Moreno, debía regresar por donde había venido.

De regreso de una visita a las tolderías del cacique Ñancucheo, consigue convencer a Shaihueque, gracias a los buenos oficios de Quinchauala.
Shaihueque para asegurarse de que Moreno no se ausentaría más de una semana, plazo máximo concedido, lo autorizó a que llevara sólo “el montado” y como provisión de boca para toda la comitiva sólo una oveja. Siguiendo el curso del Limay, el 22 de enero de 1876 llegó al lago. Honda emoción al audaz joven al contemplar ese maravilloso panorama vedado para sus compatriotas. Era el primer hombre blanco que llegaba al lago desde el oriente. Bebió con gozo sus aguas.. La tentación de seguir adelante y visitar el lago era grande, pero la orden de regreso del señor de la región era concluyente. De regreso a Caleufú le esperaba una amarga sorpresa. El cacique Chacayal, su enemigo, lo acusaba de espía y pedía su corazón. La serenidad de Shaihueque calma al desconfiado cacique que permite el regreso. Moreno no demora un momento en partir. A revienta caballos regresa para prevenir sobre un malón de cuya preparación se había enterado. En Buenos Aires sus noticias son tomadas por temores de un muchacho asustado. El malón se produjo y causó muchas víctimas y pérdidas de animales.

Tres años tuvo que refrenar Moreno su impaciencia por volver a ver el maravilloso lago sureño. A comienzos de 1879, el Gobierno le encomienda la exploración de la costa patagónica, para ubicar territorios aptos para colonizar. Se lo proveyó de un barco inadecuado, el” Vigilante”, de 100 toneladas, más conveniente para la navegación fluvial que marítima.
Mientras el “Vigilante” recorre la costa, Moreno con Francisco Bovio, dos marineros y dos indios, aprovecha para dirigirse hacia la cordillera que lo atraía como imán irresistible.

Sale de Viedma el 11 de noviembre y comienza a costear el río Negro. En este trayecto incorpora como guías, al mestizo Hernández y al indio Gavino. Se apartan del río con rumbo SO. y por Valcheta y Maquinchau llegan a Tecka donde son recibidos por los caciques amigos Incayal y Foyel. Con alegría ve flamear la bandera argentina en la toldería. Esta bandera se la había regalado Moreno a Utrac, hijo de Incayal que se alojó en su casa cuando estuvo en Buenos Aires. El 8 de enero abandona la toldería acompañado por Utrac rumbo al gran lago.

En este viaje, Moreno descubre que la división de las aguas en algunas regiones de la Patagonia no coincide con las altas cumbres hecho nuevo en la geografía hasta ese entonces. Estas observaciones fueron de gran valor para la defensa de nuestro patrimonio territorial en el pleito fronterizo con Chile, cuando le tocó actuar como perito argentino.
En Esquel los abandona Bovio, por enfermedad y en Cholila salva Moreno milagrosamente de un intento de envenamiento de frutillas con leche. Hernández que ingirió mayor cantidad de tóxico, murió un mes después. En esta localidad recibe una carta de Shaihueque, escrita por Loncochino, llena de protestas de amistad e inocencia (se refería a unos indios mapuches, que habían asaltado y asesinado unos troperos, hecho que Moreno denunciara al Gral. Villegas) e invitándolo a su toldería en Caleufú. El 23 de enero descubre el lago que bautizó Gutiérrez y estando acampado junto a un añoso ciprés, que hasta hace poco se conservaba y que Moreno llamara “el Venerable del lago”, es virtualmente tomado prisionero por Loncochino y Chuaiman y llevado a Caleufú como rehén hasta que el gobierno liberara a los indios acusados de asesinar a los troperos.

Moreno consigue despachar a parte de sus hombres para advertir a Bovio y queda con los más fieles, José Melgarejo, Antonio Van Titter, Utrac y Gavino en Caleufú es recibido hostilmente por la indiada y debe comparecer ante el consejo de los caciques, presidido por Shaihueque.
Estaban allí Puelmanque, Molfiqueupu y el feroz Chacayal antiguo enemigo de Moreno.
Por orden del cacique debe escribir al gobierno pidiendo la libertad de los indios prisioneros.

Como salvoconducto para los chasquis portadores de las cartas envía al belga Van Titter. Días aciagos pasan en la toldería, expuestos constantemente a ser asesinados por la indiada y a ser abiertos vivos para ofrecer su corazón a los dioses. Cuidadosamente preparan la fuga. La noche del 11 de febrero huyen Melgarejo, Gavino y Moreno en una balsa bajando las aguas impetuosas del Collón Cura y del Limay luego. Navegan de noche y esconden la balsa de día al principio y luego a la inversa. El 19 llegan a la Confluencia, exhaustos, en el límite de sus fuerzas, hambrientos, con fiebre y heridos. Allí los auxilia un destacamento militar que esa misma tarde se desplazaba a Choele-Choel.

A fines de 1895 regresa Moreno a su querida Patagonia, pero en condiciones muy diferentes. En 1893 el gobierno de la Nación había decidido apoyar esa gran obra de Moreno en pro de la cultura e investigación, que fue el Museo de La Plata. Ahora lo acompaña numeroso personal especializado de las secciones topográficas y geológicas del museo.

La zona a explorar era muy amplia, desde San Rafael (Mendoza) hasta el lago Buenos Aires. A la región del Nahuel Huapi se dirigen. Schiorbeck, Bermichan, Wokff, Soot y Hauthal. Las comisiones se pusieron en marcha a principio de enero de 1896. Para obtener una visión de conjunto visitó a cada uno de los exploradores en el terreno. Sus observaciones y las de sus colaboradores, fueron sintetizadas en una obra “Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz” publicada por el Museo de La Plata en 1897.
En marzo de 1896 llega al lago Nahuel Huapi. En el lugar en que tuvo su campamento en 1880, estaba el campamento de Schiorbeck a cargo de Bermichan. El panorama había cambiado. Allí se había instalado un colono, José Tauschek y en las proximidades del ciprés gigante, el “Venerable del Lago”, los hermanos Wiederholtz habían levantado el establecimiento San Carlos. Se dirige al Sur y alcanza hasta el lago Buenos Aires y en abril, está de regreso en la chacra de Tauschek, donde recibe el informe de sus colaboradores.
 
Fuente: Viajeros.com – http://www.viajeros.com/article398.html





Patagonia: Don Andreas Madsen

18 05 2008

Desde Dinamarca, llegó a fines del siglo XIX y describió como pocos el sur del país

EL CHALTEN.- Después de una noche de sueño pesado, tras haber cruzado la Patagonia en camioneta desde la costa atlántica hasta la cordillera de los Andes, el despertar también tuvo su emoción. Y no por la sofisticación y confort del lugar, sino por lo que se vislumbraba inmediatamente por las ventanas con las primeras luces de abril.

Desde el suntuoso cuarto-bohardilla en el hotel Los Cerros, establecimiento hermano de Los Notros, frente al glaciar Perito Moreno, sin necesidad de levantarse de la cama se podía ver un paisaje espléndido, imposible de adivinar la noche anterior, al llegar en la oscuridad más profunda.

Montañas cercanas manchadas de nieve, las casas alpinas del pueblo de El Chaltén, un río zigzagueante, su nombre lo define: Río de las Vueltas, y a lo lejos, un bosquecito de álamos amarillentos, casi imperceptibles, pero movilizadores para quien conoce algo de la historia de este lugar.

Precisamente esos arbolitos amarillos, casi mimetizados con una pequeña mancha de bosque, a 1,75 kilómetros en línea recta del hotel, según ese milagro llamado Google Earth, fueron los que provocaron el golpe emocional en este cronista. Los álamos perdidos entre otro follaje o, más probablemente, aislados, son sinónimo de presencia humana en las pampas del sur de América del Sur. En general, una estancia, una chacra o, cuando menos, algún lugar habitado. O habitable.

¿Qué tiene de particular un asentamiento humano allí, frente a El Chaltén, un pueblito hoy considerado la Capital Nacional del Trekking? Es que se trata de los remanentes de la Estancia Fitz Roy, hogar de una de las plumas más entrañables de la literatura de la Patagonia Sur, don Andreas Madsen, autor de La Patagonia vieja .

Es leyenda

Madsen llegó muy joven a la Patagonia, escapando de los padecimientos de su hogar natal en Dinamarca, a fines del siglo XIX. Una de sus primeras tareas fue en la famosa Comisión de Límites, un equipo de exploradores que se internaba en los parajes vírgenes de la Cordillera para deslindar el territorio de la República luego de los tratados fronterizos con Chile. Francisco Moreno y Ludovico von Platten, otro dinamarqués, fueron algunos de los expedicionarios más conocidos, hombres que descorrieron el telón de algunas de las regiones más espectaculares de la Argentina y que, todavía hoy, por fortuna para quienes buscan paisajes vírgenes, están ahí para reencontrarlas.

Poco después, a principios del siglo XX, don Andreas se afincó en el lago Viedma, zona aún no colonizada por la ganadería ovina que, poco a poco, se expandía por todo el sur de la Argentina y Chile.

“Durante el primer par de meses -recuerda don Andreas en las primeras páginas de su libro- ni me di cuenta de mi soledad, tan atareado y entusiasmado estaba con la construcción de mi imperio. ¡La casa propia! Supongo que cada pioneer de verdad habrá sentido la misma urgencia: crear y conquistar sin destruir. El verdadero pioneer no destruye. La destrucción comienza con las grandes compañías y su capital sin alma. ¡Lástima grande que el Gobierno no haya decretado hace cuarenta años una reserva de 20 o 30 leguas para parque nacional en este hermosísimo rincón de la tierra. Cuando cierro los ojos y vuelvo al pasado, me produce tristeza y pesadumbre recordar el bosque de antes, con sus millares de ciervos paciendo apaciblemente, sin temor al hombre; con sus millares de zorros grises, plateados o colorados, igualmente sin temor, que a veces seguían al caballo como perros, o se metían entre éstos, o se sentaban en circulo alrededor del campamento, casi a la luz del fogón, esperando se les lanzara un hueso o un trozo de carne. Reabriendo los ojos, contemplo el bosque de hoy, quemado y desnudo, sin un ciervo en millas y millas; el zorro colorado se ha extinguido, y no es fácil ver uno gris en todo el año.”

Hace ya muchos años que parte de esa zona montañosa y de ventisqueros fue convertida en el Parque Nacional Los Glaciares, como lo reclamaba Madsen en la década del 40, cuando publicaba la primera edición de La Patagonia vieja, su libro más conocido.

Como Madsen, otros pioneros sacaron adelante estancias y establecimientos ganaderos contando solamente con su coraje, su paciencia y pasmosas extensiones de tierra, donde la única presencia humana era la de las últimas generaciones de aborígenes, escasos sobrevivientes de quienes poblaron el sur de la Patagonia por milenios y que ahora se disolvían en las sombras de la historia.

En la mayor parte de las estancias, los descendientes no continuaron con el emprendimiento de sus mayores. Sólo algunas familias aún mantienen la explotación original. En varios casos, sumaron a la ganadería la oferta turística y hoy son parte de Estancias de Santa Cruz, bloque en el que se complementan brindando alojamiento y servicios en diversos puntos de la provincia.

La conocida Estancia Cristina, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, es una de ellas. Muy cerca del glaciar Upsala y con acceso único a través de una extensa navegación por el lago Argentino, esta estancia histórica ya no funciona como establecimiento ganadero, sino como sitio turístico.

Así como la estancia de Madsen en el lago Viedma era base obligada para quien quisiera intentar el ascenso de los picos de piedra del macizo del Fitz Roy y el cerro Torre, antes de la era turística, la Estancia Cristina fue el refugio estratégico para varias de las expediciones que se internaron en el Campo de Hielo Sur.

Percival Masters y su esposa, Jessie, establecieron la Cristina a principios del siglo XX. Luego de grandes penurias lograron levantar un establecimiento próspero en las mismas puertas del Hielo Continental. Debido a estar asentada en un Parque Nacional, al desaparecer el último miembro de la línea sucesoria, Cristina es ahora administrada como un resort de cabañas de categoría en uno de los parajes menos conocidos de toda la Patagonia Sur. En cambio, lo que fuera la estancia de Madsen, frente a El Chaltén, se convirtió en un pequeño museo, aunque de difícil acceso ya que no hay un puente que la una con el pequeño pueblo.

Hoy, el viajero urbano puede disfrutar con la visión de la cara bonita de la naturaleza desde confortables hoteles y hosterías. No necesita enfrentar inviernos interminables, esperas eternas de víveres que se demoraban meses ni la ausencia absoluta de medicina, o autoridades, o caminos.

Por Sergio Zagier

De grumete a estanciero

Apenas un niño, Andreas se fue de su casa en Dinamarca con unas monedas en el bolsillo. Recuerda en su autobiografía que su sueño era salir a conocer el mundo y, con lo puesto y unas bolsas de carbón vacías rellenas con periódicos a la manera de cobija, se embarcó en un velero como grumete.

Varios años navegó, mientras transcurría su adolescencia con pequeños barcos por todo hogar, hasta que, a los 19, desembarcó definitivamente en Buenos Aires para buscar suerte en tierra, “rico como un Creso en comparación con cinco años antes”. A los pocos días obtuvo un puesto en la Comisión de Límites y en noviembre de 1901 partió hacia la remota Patagonia. Después de innumerables aventuras volvió a Dinamarca en 1912, “donde encontré libre aún a la novia que a los 7 años me había prometido su mano”. Dos años después viajaron a la Patagonia y “desde entonces han pasado 34 más y todavía estamos en la luna de miel”, confesaba don Andreas en “La Patagonia vieja”, editado por primera vez en 1948 y siempre vigente.

Su esposa, Fanny, falleció en 1950 y Andreas, en 1965. Sus restos descansan junto a dos de sus hijos en un pequeño jardín, entre arbustos y los álamos amarillos del otoño, allí, en esa vieja estancia que puede verse desde la ventana de un hotel en El Chaltén.

Fuente: La Nación – http://www.lanacion.com.ar/1013300
Domingo 18 de mayo de 2008 | Publicado en la Edición impresa