Patagonia: Don Andreas Madsen

18 05 2008

Desde Dinamarca, llegó a fines del siglo XIX y describió como pocos el sur del país

EL CHALTEN.- Después de una noche de sueño pesado, tras haber cruzado la Patagonia en camioneta desde la costa atlántica hasta la cordillera de los Andes, el despertar también tuvo su emoción. Y no por la sofisticación y confort del lugar, sino por lo que se vislumbraba inmediatamente por las ventanas con las primeras luces de abril.

Desde el suntuoso cuarto-bohardilla en el hotel Los Cerros, establecimiento hermano de Los Notros, frente al glaciar Perito Moreno, sin necesidad de levantarse de la cama se podía ver un paisaje espléndido, imposible de adivinar la noche anterior, al llegar en la oscuridad más profunda.

Montañas cercanas manchadas de nieve, las casas alpinas del pueblo de El Chaltén, un río zigzagueante, su nombre lo define: Río de las Vueltas, y a lo lejos, un bosquecito de álamos amarillentos, casi imperceptibles, pero movilizadores para quien conoce algo de la historia de este lugar.

Precisamente esos arbolitos amarillos, casi mimetizados con una pequeña mancha de bosque, a 1,75 kilómetros en línea recta del hotel, según ese milagro llamado Google Earth, fueron los que provocaron el golpe emocional en este cronista. Los álamos perdidos entre otro follaje o, más probablemente, aislados, son sinónimo de presencia humana en las pampas del sur de América del Sur. En general, una estancia, una chacra o, cuando menos, algún lugar habitado. O habitable.

¿Qué tiene de particular un asentamiento humano allí, frente a El Chaltén, un pueblito hoy considerado la Capital Nacional del Trekking? Es que se trata de los remanentes de la Estancia Fitz Roy, hogar de una de las plumas más entrañables de la literatura de la Patagonia Sur, don Andreas Madsen, autor de La Patagonia vieja .

Es leyenda

Madsen llegó muy joven a la Patagonia, escapando de los padecimientos de su hogar natal en Dinamarca, a fines del siglo XIX. Una de sus primeras tareas fue en la famosa Comisión de Límites, un equipo de exploradores que se internaba en los parajes vírgenes de la Cordillera para deslindar el territorio de la República luego de los tratados fronterizos con Chile. Francisco Moreno y Ludovico von Platten, otro dinamarqués, fueron algunos de los expedicionarios más conocidos, hombres que descorrieron el telón de algunas de las regiones más espectaculares de la Argentina y que, todavía hoy, por fortuna para quienes buscan paisajes vírgenes, están ahí para reencontrarlas.

Poco después, a principios del siglo XX, don Andreas se afincó en el lago Viedma, zona aún no colonizada por la ganadería ovina que, poco a poco, se expandía por todo el sur de la Argentina y Chile.

“Durante el primer par de meses -recuerda don Andreas en las primeras páginas de su libro- ni me di cuenta de mi soledad, tan atareado y entusiasmado estaba con la construcción de mi imperio. ¡La casa propia! Supongo que cada pioneer de verdad habrá sentido la misma urgencia: crear y conquistar sin destruir. El verdadero pioneer no destruye. La destrucción comienza con las grandes compañías y su capital sin alma. ¡Lástima grande que el Gobierno no haya decretado hace cuarenta años una reserva de 20 o 30 leguas para parque nacional en este hermosísimo rincón de la tierra. Cuando cierro los ojos y vuelvo al pasado, me produce tristeza y pesadumbre recordar el bosque de antes, con sus millares de ciervos paciendo apaciblemente, sin temor al hombre; con sus millares de zorros grises, plateados o colorados, igualmente sin temor, que a veces seguían al caballo como perros, o se metían entre éstos, o se sentaban en circulo alrededor del campamento, casi a la luz del fogón, esperando se les lanzara un hueso o un trozo de carne. Reabriendo los ojos, contemplo el bosque de hoy, quemado y desnudo, sin un ciervo en millas y millas; el zorro colorado se ha extinguido, y no es fácil ver uno gris en todo el año.”

Hace ya muchos años que parte de esa zona montañosa y de ventisqueros fue convertida en el Parque Nacional Los Glaciares, como lo reclamaba Madsen en la década del 40, cuando publicaba la primera edición de La Patagonia vieja, su libro más conocido.

Como Madsen, otros pioneros sacaron adelante estancias y establecimientos ganaderos contando solamente con su coraje, su paciencia y pasmosas extensiones de tierra, donde la única presencia humana era la de las últimas generaciones de aborígenes, escasos sobrevivientes de quienes poblaron el sur de la Patagonia por milenios y que ahora se disolvían en las sombras de la historia.

En la mayor parte de las estancias, los descendientes no continuaron con el emprendimiento de sus mayores. Sólo algunas familias aún mantienen la explotación original. En varios casos, sumaron a la ganadería la oferta turística y hoy son parte de Estancias de Santa Cruz, bloque en el que se complementan brindando alojamiento y servicios en diversos puntos de la provincia.

La conocida Estancia Cristina, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, es una de ellas. Muy cerca del glaciar Upsala y con acceso único a través de una extensa navegación por el lago Argentino, esta estancia histórica ya no funciona como establecimiento ganadero, sino como sitio turístico.

Así como la estancia de Madsen en el lago Viedma era base obligada para quien quisiera intentar el ascenso de los picos de piedra del macizo del Fitz Roy y el cerro Torre, antes de la era turística, la Estancia Cristina fue el refugio estratégico para varias de las expediciones que se internaron en el Campo de Hielo Sur.

Percival Masters y su esposa, Jessie, establecieron la Cristina a principios del siglo XX. Luego de grandes penurias lograron levantar un establecimiento próspero en las mismas puertas del Hielo Continental. Debido a estar asentada en un Parque Nacional, al desaparecer el último miembro de la línea sucesoria, Cristina es ahora administrada como un resort de cabañas de categoría en uno de los parajes menos conocidos de toda la Patagonia Sur. En cambio, lo que fuera la estancia de Madsen, frente a El Chaltén, se convirtió en un pequeño museo, aunque de difícil acceso ya que no hay un puente que la una con el pequeño pueblo.

Hoy, el viajero urbano puede disfrutar con la visión de la cara bonita de la naturaleza desde confortables hoteles y hosterías. No necesita enfrentar inviernos interminables, esperas eternas de víveres que se demoraban meses ni la ausencia absoluta de medicina, o autoridades, o caminos.

Por Sergio Zagier

De grumete a estanciero

Apenas un niño, Andreas se fue de su casa en Dinamarca con unas monedas en el bolsillo. Recuerda en su autobiografía que su sueño era salir a conocer el mundo y, con lo puesto y unas bolsas de carbón vacías rellenas con periódicos a la manera de cobija, se embarcó en un velero como grumete.

Varios años navegó, mientras transcurría su adolescencia con pequeños barcos por todo hogar, hasta que, a los 19, desembarcó definitivamente en Buenos Aires para buscar suerte en tierra, “rico como un Creso en comparación con cinco años antes”. A los pocos días obtuvo un puesto en la Comisión de Límites y en noviembre de 1901 partió hacia la remota Patagonia. Después de innumerables aventuras volvió a Dinamarca en 1912, “donde encontré libre aún a la novia que a los 7 años me había prometido su mano”. Dos años después viajaron a la Patagonia y “desde entonces han pasado 34 más y todavía estamos en la luna de miel”, confesaba don Andreas en “La Patagonia vieja”, editado por primera vez en 1948 y siempre vigente.

Su esposa, Fanny, falleció en 1950 y Andreas, en 1965. Sus restos descansan junto a dos de sus hijos en un pequeño jardín, entre arbustos y los álamos amarillos del otoño, allí, en esa vieja estancia que puede verse desde la ventana de un hotel en El Chaltén.

Fuente: La Nación – http://www.lanacion.com.ar/1013300
Domingo 18 de mayo de 2008 | Publicado en la Edición impresa

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