En balza de Iguazú a Buenos Aires

21 05 2008

Gracias Federico por acercarnos esta historia. Los invito a leerla:

“Me parecieron situaciones risueñas, algunas disparatadas y otras insólitas—además de riesgosas—las aventuras que vivieron años atrás dos muchachos con poca experiencia y mucha imprudencia” –esta es la explicación de por qué comencé el relato dividido en doce capítulos breves, de una travesía a la deriva sobre el río Paraná entre Iguazú y Buenos Aires. .

Este relato me permitió memorizar las contingencias vividas décadas atrás por dos veinteañeros sin la menor experiencia en viajes ni recursos para realizarlos. Yo era uno de ellos y con mi amigo Toto finalmente hicimos una travesía en embarcaciones improvisadas, navegando a la deriva dos mil kilómetros en uno de los ríos más largos del mundo y uniendo el Iguazú con Buenos Aires..

Un poco por deformación profesional, trataré que este relato resulte entretenido y fácil de leer. Algunos de quienes han leido mi primer narración me han pedido que no la deja espaciada de lunes a lunes porque se podría perder la hilación. Otros me preguntaron si los dibujos son míos y les respondo que sí, que me causó un inesperado placer el graficar algunas situaciones sobre las cuales no pude tomar fotografías en su momento.

Alguien me preguntó sobre el motivo de presentar este relato, a tanto tiempo de ocurrido el suceso. Y contesto que son dos motivos. Uno surgió cuando descubrí entre papeles relegados el cuaderno de viaje, con descripciones que ya había olvidado pero que me resultaron muy amenas y divertidas. Y pensé: “Si esto me divierte a mí, que ya lo conocí, podría ser interesante para otros”.

Y el segundo motivo es que este relato puede explicar que vivir una aventura está al alcance de cualquiera, basta que se anime y tenga verdaderas ganas de vivirla. No hacen falta dinero,  recursos especiales ni siquiera experiencia anterior. Claro que la imprudencia depara peligros que pueden ser muy serios.

Oscar Fernandez Real

Primer Capitulo

Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Influencia de un vagabundo que fue comandante de un destructor alemán durante la Batalla de Jutlandia, y que guardaba como gran tesoro una Cruz de Hierro. Los linyeras (se llamaban “crotos” por el nombre de un gobernador bonaerense que los autorizó a trasladarse en trenes de carga).

Tomar el tren de carga

La vida de un aventurero puede tener un comienzo diverso, no siempre heroico ni racional. En este mes de enero se cumplieron cincuenta y dos años de mi primera aventura, y quiero contar cómo empecé –siendo apenas un muchacho de barrio, sin mayores recursos económicos– la larga serie de experiencias que ahora forman mi bagaje aventurero.

A mis diecinueve años, recién egresado del ciclo medio de un Industrial de Aviación, yo comencé a trabajar como mecánico de mantenimiento en una fábrica de caños y accesorios de fibrocemento –aún no se había descubierto que el amianto era muy cancerígeno—y allí hice mis primeras armas en la lucha sindical, que pronto abandoné. La cosa era conseguir un salario, ya que por entonces era difícil obtenerlo antes de cumplir con el servicio militar.

Dentro del pequeño mundo de esa fábrica conocí a un grupo de personajes extraordinarios, pero entonces me hice amigo de Jaime Prats, otro mecánico de 24 años a quien pronto admiré pese a su desgarbada pinta de Cantinflas y a sus esporádicas borracheras. Era muy inteligente y sensible, ávido de libros y pletórico de fantasías.

Esa fábrica estaba situada en las afueras de Haedo y al costado de una vía ferroviaria por la que circulaban uno o dos trenes de carga por día. En anchos zanjones que orillaban la vía acampaban linyeras, algunos de los cuales después seguían viaje trepándose a los lentos convoyes.

Linyera con Cruz de Hierro

Nuestro trabajo nos permitía a Jaime y a mí muchos ratos libres, en los que charlábamos y nos intercambiábamos sueños e ilusiones. Una mañana nos escabullimos hasta la vía y hablamos con un viejo que se había hecho una cubierta provisoria con unas chapas y cartones. Nos llamó la atención su actitud, digna y casi elegante, mientras cocinaba un potaje de hierbas y yuyos. Reticente al principio, cuando comprobó que nuestro interés era respetuoso y no mera curiosidad, contestó a nuestras preguntas con un lenguaje culto en el que evidenciaba su origen alemán.

Nos contó que era vegetariano y que hacía años recorría nuestro país, a veces haciendo unas changas pero la más de las ocasiones largándose hacia cualquier rumbo, preferentemente las sierras de Tandil y de la Ventana. Correspondiendo a nuestras preguntas sobre su itinerario y origen, cuando ya sintió algo más de confianza en nosotros extrajo de sus ropas un gran sobre de cuero en el que guardaba papeles y documentos.

Nos sorprendió cuando explicó que había participado en la Primera Guerra Mundial como capitán de un destructor alemán, protagonizando hechos que lo hicieron meritorio de la Cruz de Hierro, pero la decepción por el destino de Alemania  lo había instado a abandonar todo y lanzarse a peregrinar como un ermitaño. Nos contó que había participado en la batalla de Jutlandia. pero cuando la flota se rindió y fue internada en la base inglesa de Scapa Flow los capitanes abrieron las válvulas de sus buques y los hundieron, para no afrontar la indignidad de la rendición.

Cuando nos despedíamos, el viejo extrajo su joya más preciada. Era una Cruz de Hierro con bordes plateados y una larga cinta blanca y negra.
El viejo linyera era vegetariano y contó que en la Primera Guerra Mundial (1914-18) había sido comandante  de un destructor. Nos mostró una Cruz de Hierro, su tesoro más preciado.

LA BATALLA DE JUTLANDIA

La Batalla de Jutlandia fue la mayor batalla naval de la historia hasta la Batalla del Golfo de Leyte en 1944, por cantidad y calidad de barcos, con una diferencia, fue el mayor enfrentamiento artillero naval de la historia.

Mayo-Junio 1916- La batalla de Jutlandia (o Skagerrak) fue la mayor batalla naval desde la de Ecnomo en 256 aC. Nunca desde entonces se han enfrentado tantas naves y tantos hombres… para nada. Ante la superioridad naval británica, la flota alemana había eludido durante largo tiempo el combate y permaneció en sus puertos. El ascenso al mando de su flota del almirante Reinhardt von Scheer, más agresivo que su antecesor, propició que por primera vez la flota alemana saliera al Mar del Norte. La batalla duró dos días y técnicamente no hubo un vencedor. Los británicos perdieron 14 barcos, con 6.100 bajas, y los alemanes perdieron 11, con 2.500 bajas. Pese al resultado relativamente favorable a Alemania, la flota germana no volvió a desafiar durante el resto del conflicto a la Gran Flota británica, permitiendo que esta continuara con su dominio del Mar del Norte. Los alemanes pusieron desde allí  todas sus esperanzas en la guerra submarina.
LA CRUZ DE HIERRO

Al igual que el resto de las Cruces de Hierro de Segunda Clase, está formada por 3 piezas, 2 externas de plata alemana soldadas entre sí que sujetan el núcleo de hierro semimate.   Si bien tiene las mismas dimensiones que la de 1939 (44×44 mm), cada lado tiene 2 mm menos de grosor que la de 1939.  En la parte frontal aparecen, en orden descendente, la corona imperial, la letra W  (en honor al Kaiser Wilhelm II) y la fecha de su instauracion, 1914.  En su parte posterior aparecen, en orden descendente, la corona imperial, las letras FW  (en honor al Kaiser Friedrich Wilhelm III), las hojas de roble, y la fecha de su instauracion (1813).   La Cruz lleva una banda de color blanco y negro, colores representativos de la Alemania de la Primera Guerra Mundial.

Cruces de Hierro de 2da Clase 1813 y 1914,de la colección de Pedro Cortés – Munich

Personajes de John Dos Passos

Con Jaime nos decidimos, estimulados por la lectura de “Manhattan Transfer” de John Dos Passos.. Un día próximo, aún sin definir el plazo, nos lanzaríamos a tomar un tren de carga, para correr aventuras como ese viejo alemán.
Los linyeras de esa playa ferroviaria de Haedo abordaban trenes de carga para viajar por todo el país. Los autorizaba la llamada “ley Crotto” por el nombre de un gobernador bonaerense

No lo hicimos.  Pasó el tiempo y las circunstancias nos separaron. Cuatro años después, una noche me encontré con Jaime en la estación Liniers del Ferrocarril Sarmiento. Apenas cruzamos unas palabras, porque él estaba con su mujer y sus suegros y yo tomaba un tren en sentido contrario. Yo había realizado ya dos viajes aventurados hacia la Quebrada de Humahuaca y navegado el río Paraná en una balsa, desde Iguazú hasta Buenos Aires. 

Suspiró largamente y me abrazó, antes de subir al tren de pasajeros.       

–Pichón (así me llamaba), vos sí que alcanzaste a tomar el tren de carga…

Nunca más lo ví, pero sigo recordando sus gestos pausados y su mirada melancólica.

Los invito a leer el próximo capitulo: Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas





Expedición al gran lago – Eduardo O´Connor

20 05 2008

Habían llegado navegando por los ríos Negro y Limay desde prácticamente el océano Atlántico, Carmen de Patagones. La expedición náutica fue encabezada por el entonces teniente de la Armada Eduardo O”Connor a bordo de la primera “Modesta Victoria”. 

Vamos transitando hacia los 120 años del notable acontecimiento que tuvo por principal escenario el lago Nahuel Huapi, la “gran laguna” o “gran lago” como también fue nombrado, zona donde algunos escritos ubicaron la “Ciudad de los Césares”. Y asoman en la pantalla ya histórica el marino Eduardo O”Connor -llegaría a contraalmirante- y “su” lancha que bautizó “Modesta Victoria” en homenaje a su esposa y al éxito de expedición náutica. Eduardo O”Connor (18/10/1858-5/4/1921) nació en Mercedes (Buenos Aires) y concretó estudios en la Escuela Naval y en Francia. Estuvo casado con Modesta Castro y tenía acreditada experiencia en navegación fluvial por los ríos Negro y Limay.

Intentos: meta el Nahuel Huapi

Los vaporcitos “Neuquén” y “Río Negro” -de origen británico- fueron las naves que el gobierno nacional destinó para unir el puerto marítimo-fluvial de Carmen de Patagones con el lago Nahuel Huapi. En el primer viaje del “Neuquén”, Comisión Exploradora que estuvo bajo la jefatura de Erasmo Obligado, O”Connor fue su comandante y además encargado de las observaciones astronómicas. La aventura náutica fracasó. El vaporcito a ruedas llegó por el Limay un poco más arriba de la Confluencia y se desarrolló entre el 25 de febrero y el 15 de junio de 1881. El segundo intento, con el “Río Negro” y el marino mercedino también comandante tampoco tuvo éxito. No pasaron de cercanías de la desembocadura del Collón Cura (8 de octubre al 3 de diciembre de 1881). Insistieron los navegantes, nuevamente con el “Río Negro” y similar tripulación -siempre O”Connor comandante- hincaron las aguas del Negro y Limay, pero no pudieron vencer el famoso peñón en el mismo lugar que la anterior expedición (31 octubre de 1882 al 13 enero 1883).
Y llegaría el cuarto viaje expedicionario fluvial, repetido con el “Río Negro”. Esta vez O”Connor sustituyó a Obligado -enviado a Gran Bretaña para la adquisición de otros vapores- y con toda la intención de llegar al “gran lago”, como ocurrió. Cuando estuvieron en el “Peñón Villarino” -así bautizado por ellos- y no pudieron pasar, O”Connor ordenó el regreso del vapor a Carmen de Patagones. Desembarcaron la lancha que, previendo esta nueva contingencia, había hecho construir en el Tigre y con un chinchorro a remolque, a remo, vela y sirga emprendieron la última etapa al Nahuel Huapi.

La “Modesta Victoria”

El ingeniero constructor Guillermo Parfait -bajo la dirección de O”Connor- construyó en su astillero del río Luján (Tigre) la lancha a vela por orden de la Marina de Guerra. Costó 500 pesos de entonces. Desplazaba cuatro toneladas, con 8,06 de eslora, 1,705 m. de manga; puntal, 0,95 y calado medio 0,775 “Construcción en tingladillo, popa a espejo. Aparejo: dos velas al tercio. Sin cubierta y con palamento para ocho remos. Fue llevada a Carmen de Patagones a fines de 1883 en el paquete “Santa Rosa”.
Con la “Modesta Victoria” se hizo todo el recorrido del lago Nahuel Huapi. Se tienen noticias que permaneció hasta 1911 en Carmen de Patagones. Sobre su destino final dice un escrito: “En 1896, el teniente de navío Albarracín, (Santiago J.) al levantar el inventario de las existencias de la abandonada escuadrilla (del río Negro), encontró la famosa lancha ya destruida y en mal estado por el abandono en que la había dejado el contratista De Castro”. Y en otro escrito se expresa que “La lancha permanece en Patagones hasta 1911, ignorándose su destino ulterior”. Esta es la breve historia de la primera “Modesta Victoria”. Con igual nombre otra nave, de mayor volumen, surca actualmente las aguas del gran lago cordillerano.

La recorrida náutica y terrestre

Luego de abandonar el vapor “Río Negro”, Eduardo O”Connor, el subteniente Federico Erdmann, guardiamarinas León L. Zorrilla y Elías E. Romero, contramaestre Pedro Wilson y tres marineros emprendieron el último tramo del Limay, brava corriente en contra y mucho sacrificio para avanzar con la pesada lancha, en la cual además de los nombrados transportaban víveres, armas e instrumental científico: cronómetro, teodolito, cadena agrimensor, quintante y sextante, horizonte artificial de mercurio, sonda automática de Walker, barómetro aneroide y otro de altura (averiado durante el viaje), termómetro centígrado y de máxima y mínima, psicrómetro, pluviómetro y máquina fotográfica. Bien equipados los muchachos marinos de entonces. E.O.C. acababa de cumplir 25 años y era teniente.
Imposible narrar con más detalles las alternativas de esta extraordinaria expedición náutica, pero sí recordar que el 13 de diciembre de 1883 “a 2h 40m pm entraba triunfante en el Lago Nanüel Huapí, con el aparejo largo y el Pabellón Nacional al tope, la lancha que en ese momento se llamó: Modesta Victoria” (sic).
Luego de reparar la avería en la Modesta Victoria se aprontaron para levantar plano del lago y lo iniciaron por la costa norte. Triangulaciones, sondeos, observaciones astronómicas, recorridas por tierra, etc. pero lo más destacado, nombres que impusieron a la -para ellos- flamante topografía. Ensenadas: Hermosa, 1º de Enero y del Cisnal. Islas: General Villegas, Diez Arenas, Victorica (por Benjamín, ministro de Guerra y Marina, hoy isla Victoria), de los Víveres, entre las más importantes. Contaron 27 islas y 4 islotes. Bautizaron a varios ríos como Blanco, Grande, Chico y de las Piraguas. Lagos: Francisco Moreno y Frías. Canal de la Cerveza, cerro 3 de Febrero. Observaron y describieron flora y fauna. La sonda no alcanzó a medir las mayores profundidades, pero pasó los 500 metros. Atmósfera, vientos, oleajes, peces, temperaturas, clima y anteriores exploradores también formaron parte de los escritos que dejaron. Usaron remos y vela. Varias noches durmieron mojados y hasta desayuno con caldo de charque -por carecer de té y café- más jamón de oveja, mate amargo, -algunos días con yerba del anterior-, tarros de conserva y sardinas. Anduvieron dos meses navegando y caminando hasta el 8 de febrero de 1883.
Llevaron diario y produjeron informe. “Los paisajes del lago ofrecen cuadros y panoramas de una belleza incomparable” fue una de las expresiones que les produjo la zona. O”Connor destacó la importancia que para la República Argentina significaba “la posesión del gran lago” agregando en parte del informe al ministro Victorica: “La geografía ha completado la región patagónica en una gran área de extensión y han desaparecido para siempre las leyendas misteriosas que la envolvían en un velo, hasta hace poco imposible de descorrer”. (1883). Además de concretar por primera vez la navegación desde Carmen de Patagones al Nahuel Huapi, los trabajos de Eduardo O”Connor y su gente constituyeron el primer estudio o levantamiento hidrográfico del lago Nahuel Huapi. Y algo más.

– Bibliografía principal: Albarracín, S. J. Estudios, 1886 y La Conquista, 1912. Arguindeguy, P. E. Apuntes, 1972. Ministerio de G. y M. Memoria 1884. Almeida, J. L. Modesta Victoria, 1966. Pérez Morando, H. Varios. O”Connor, E. Informe BCN, 1884 y otros.

Héctor Pérez Morando (*)
(*) Periodista. Primer Premio ADEPA 1998





Perito Moreno: el explorador de la Patagonia

18 05 2008

Francisco P. Moreno, a quien la posteridad conoce como el Perito Moreno, fue sin duda el más importante viajero argentino a las regiones patagónicas. Recorrió esos parajes no sólo por una fuerte e innata atracción por la investigación y la aventura, sino también por un acendrado patriotismo. “Viaje a la Patagonia Austral” narra las vicisitudes de un viaje que reconoce como ilustres antecesores a Charles Darwin en la expedición comandada por Fitz Roy y a George Musters.  
   
Explorador y naturalista argentino (1852-1919). Desde muy joven su afición por las ciencias naturales lo llevó a formar colecciones paleozoológicas, botánicas y antropológicas. Por encargo de la Sociedad Científica Argentina exploró la Patagonia desde Carmen de Patagones, por el valle del río Negro y el Limay, hasta el lago Nahuel Huapi y la cordillera de los Andes. Reconoció el río Santa Cruz hasta sus fuentes, viaje en el cual descubrió el lago San Martín. Posteriormente retornó a la Patagonia y emprendió una nueva expedición por la zona de los lagos. Por sus conocimientos acerca de la región andina austral, fue designado perito de la comisión de límites entre la Argentina y Chile en 1902. Las valiosas colecciones científicas reunidas en sus viajes las donó para constituir el Museo Antropológico y Arqueológico de Buenos Aires, del cual fue nombrado director. Sobre esta base se creó, en 1884, el Museo de La Plata, con nuevas colecciones donadas también por Moreno. Obras: Viaje a la Patagonia austral; Viaje a la región andina de la Patagonia; Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios de Neuquén, etcétera.

Nacido en Buenos Aires el 31 de mayo de 1852, su pasión por la naturaleza, por su tierra y en particular por la Patagonia, constituyeron motivaciones fundamentales que marcaron su accionar.
En 1883, a los 21 años, inició un viaje a la región del Río Negro, con exploraciones que prosiguieron en forma casi ininterrumpida hasta 1880.
Luchó denodadamente para concretar su sueño de un gran museo porque consideraba que era una esperanza importante para el futuro del país. Junto a otros hombres de su época, aspiraba a convertir a la cuidad de La Plata en el principal centro cultural y científico de la Argentina.
Como otros prohombres de su generación, estaba decidido al desarrollo de la ciencia en favor de la patria, y fue él quien decidió llamar a esta institución “Museo de La Plata”, entendiendo que esta nueva institución abarcaría todas las ramas de la Historia Natural.

En los casi veinte años en que se desempeñó como director, Moreno se rodeó de un conjunto de técnicos y científicos, argentinos y extranjeros del más alto nivel. Para la construcción y decoración del magnífico edificio, convocó a prestigiosos arquitectos, escultores y pintores.
Durante su dirección, el Museo alcanzó proyección nacional e internacional.

Los caminos del sur

Científico naturalista y explorador de la Patagonia, conocido como Perito Moreno. Nació en Buenos Aires; su padre había estado exiliado en Uruguay durante el período de Rosas y su madre era hija de un oficial británico que había sido capturado en la invasión de 1807 y permanecido en la Argentina.

Desde su juventud Francisco estuvo fascinado por los libros de viajes; este interés fue avivado aún más por sus contactos con Germán Burmeister, director del Museo de Buenos Aires; antes de cumplir veinte años, había empezado a reunir piedras, fósiles, etc., que habrían de constituir la base de su gran colección; en 1872 un amigo le hizo llegar algunos descubrimientos antropológicos importantes del valle del Río Negro en el sur; desde entonces efectuó reiterados viajes exploratorios y científicos a través de todo el ámbito de los territorios de la Patagonia, abriendo esta desconocida región no sólo a los científicos sino también, exponiéndola a través de sus escritos, por vez primera, a la plena atención del país, como una parte de la república que debería ser desarrollada.

Moreno recorre el río Santa Cruz, desde su desembocadura en el Atlántico hasta sus nacientes en la cordillera de los Andes. Llega así a los lagos Argentino y San Martín, a los cuales bautiza con esos nombres, y al lago Viedma. F. Moreno coronó allí una verdadera epopeya pacífica que culminaría pocos años más tarde, cuando el gobierno argentino lo nombra perito en las cuestiones de límites suscitadas con Chile, teniendo en cuenta su profundo conocimiento de la región, al que se unían un absoluto desinterés personal y un inconmovible amor a la tierra donde había nacido.

Francisco P. Moreno nació el 31 de Mayo de 1852.
Una pequeña placa en la vieja casona donde creció, da cuenta del nacimiento y recuerda que a él se debe la creación del scoutismo argentino. Su madre, Juana Twaites, era hija de un oficial inglés de la Reconquista que después de permanecer un tiempo preso se estableció en Buenos Aires.

El padre, Francisco Facundo Moreno, nacido en 1819,luchó contra la tiranía rosista, estuvo exiliado en Uruguay y, de regreso desarrolló una próspera actividad empresaria. Sin el apoyo económico, la comprensión y el estimulo de su padre, el futuro explorador de la Patagonia no hubiera podido emprender sus primeras excursiones paleontológicas en las que aprendió a amar a la naturaleza y sintió intensamente la atracción de lo desconocido.

En realidad, desde muy niño había dado muestras de inteligencia e inclinación por las aventuras. Alguna vez recordó la viva impresión que le produjeron los relatos de las hazañas de Stanley y Livingstone en el África o las de los viajeros que intentaban alcanzar el Polo Norte. Había en él, como en los personajes de Julio Verne, una precoz curiosidad científica y una fuerte tendencia a descifrar los enigmas de la naturaleza. A los 11 años ingresó en el Colegio San José, donde permaneció hasta los 14. Durante ese lapso siguió atentamente las alternativas de la guerra con el Paraguay, lo que fortaleció su sentimiento patriótico así como un vago deseo de heroísmo y el afán de ser útil al país. Pasó luego al colegio de Catedral al Norte, Donde con sus hermanos José‚ y Eduardo alternaban los estudios con las excursiones por las barrancas del río, buscando huesos prehistóricos había instalado un incipiente museo en el mirador de su casa, que ya no era la de Paseo Colón. Allí, después su madre murió de cólera. El padre con los 5 hijos, tres varones y dos mujeres se instaló en una quinta de su propiedad que ocupaba seis manzanas en la zona del Parque de los Patricios.

Al producirse la epidemia de fiebre amarilla, padre e hijos se refugiaron en la estancia de un pariente en Chascomús. En esta etapa de su vida, Perito Moreno vivió un feliz período de aproximación a la naturaleza y vio acrecentarse su colección. Esta era ya tan grande, que su padre, en 1872, le cedió un edificio de la quinta para que trasladara allí su museo. En 1973, fecha en que el padre contrajo nuevo matrimonio, el joven Moreno viajó a Carmen de Patagones.

Allí desenterró flechas, puntas de lanzas, sílices tallados y sesenta cráneos en los que sus conocimientos de autodidacta le indicaban una antigüedad de varios miles de años.

Envió un informe al antropólogo Paul Broca, quien lo publicó en una revista de Paris y logró despertar el interés de varios sabios europeos por el estudio de las razas aborígenes de América. Ese viaje y la repercusión de sus hallazgos fueron su bautismo de fuego. La Academia Nacional de Ciencias de Córdoba lo nombró a los 22 años miembro correspondiente de esta. A los 27 años seria también miembro correspondiente de sociedades científicas de París, Berlín, Roma, Londres y Lieja.

El 17 de octubre de 1877 el gobierno de la provincia de Bs. As. aceptó la donación de sus colecciones y el 13 de noviembre lo nombró director del Museo de La Plata resolviendo que las piezas se conservarán provisionalmente en su poder hasta que fuera posible instalarlas en un recinto apropiado. Durante ese tiempo, el joven científico (tenia 26 años) publicó varios trabajos en que los sostuvo con fundamentos geográficos la defensa de los derechos argentinos en la Patagonia.

En 1879, se lo nombró jefe de la comisión exploradora de los territorios del Sur para estudiar la posibilidad de establecer colonias en la región situada entre los ríos Negro y Deseado. Al aceptar, Moreno pidió como única compensación, el derecho de incorporar a su museo las piezas fósiles que eventualmente pudiera hallar.

La ley 4192 le otorgó como recompensa por los servicios gratuitos prestados al país, con anterioridad a su nombramiento de perito, una extensión de campos fiscales. El 6 de noviembre de 1903 dona tres leguas de esas tierras con destino a la creación de un Parque Nacional, primero en la Argentina y que luego se denominaría Nahuel Huapi.
En 1910, fue elegido entre un grupo selecto de ciudadanos diputado nacional. Su paso por el congreso fue breve pero feliz en iniciativas vinculadas algunas con un tema por el que había manifestado en los últimos tiempos particular interés, la educación. Tanto fue así, que en 1911, renunció a su banca para aceptar el ofrecimiento de la vicepresidencia del Consejo Nacional de Educación. Creó los jardines de infantes para barrios obreros. Estableció el suministro del vaso de leche y pan en las escuelas primarias. Unos años antes había creado la institución del Boy Scout Argentino, filial local de la iniciada en Inglaterra por Baden Powell. En la vieja quinta del barrio de los Pastoricios creó una suerte de asilo en la que recogió a los chicos arrancados de los basurales para alimentarlos e instruirlos.

La fortuna heredada del padre le sirvió también para llevar a cabo mucha de sus innovaciones educativas. Moreno aplicó su dinero al servicio del país y el precio de esa obra patriótica fue la pérdida de todos sus bienes que debió ir vendiendo uno a uno. Se vio obligado a enajenar la quinta del parque de los Patricios y fue cambiando luego de domicilio arrendando casas cada vez más humildes.

Pocos días antes de morir escribió las siguientes palabras: “Tengo 66 años y ni un centavo… Yo, que he dado mil ochocientas leguas a mi patria y el Parque Nacional, donde los hombres de mañana, reposando, adquieran nuevas fuerzas para servirla, no dejo a mis hijos un metro de tierra donde sepultar mis cenizas…”.

Escribía el perito Moreno al ingeniero Frey, el 16 de noviembre de 1919, “Quiero volver al decano de los lagos, el Nahuel Huapi. Quiero hacer lo que pensé siempre realizar, aun cuando deje mis huesos allá. Espero salir de aquí a fin de mes o principios del entrante.
El Congreso Nacional sancionó en 1934 la ley ll918 por la que se disponía erigir un mausoleo en la región de Nahuel Huapi para depositar sus restos, lo que se concretó en 1944.

Desde entonces, las cenizas de este héroe civil, junto con las de su esposa, yacen en la Isla Cantinela en medio de la majestuosidad, la belleza y el silencio del lago, los cielos y el ancho cielo austral. La mayor parte de las personas que visitan hoy estos parajes de impronunciable hermosura ignoran la vida novelesca y a la vez noble, desinteresada, patriótica, de quien fuera su descubridor y al mismo tiempo inspirador de tantas acciones que contribuyeron, sin metáfora, a engrandecer al país.

Sus viajes

Con la cooperación de la Sociedad Científica Argentina y del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires el joven Moreno, tenía entonces 23 años, partió de Buenos Aires en septiembre de 1875. Su propósito era alcanzar el lago Nahuel Huapi, al cual no había llegado ningún hombre blanco viniendo desde el Atlántico y desde allí seguir a Chile. En esa época el ferrocarril llegaba a Las Flores y desde este punto se seguía por la mensajería al Azul, Bahía Blanca y Patagones, a través de tierras casi desiertas Y expuestas al ataque del indígena.

Con un presidiario, Manuel Silva, como asistente 4 indios y 30 yeguas se dirige hacia el Oeste bordeando el río Negro y luego el Limay. Llegando al Collón Cura, era necesario obtener la autorización del cacique Shaihueque, poderoso señor de la región de las Manzanas (Manzana-geyú), quien dominaba los pasos a Chile. Los consejeros del cacique, Loncochino y Valdés, convencen al mismo del peligro que entrañaba para el “Gobierno de las Manzanas” que los argentinos conocieran los pasos fronterizos cuando Argentina y Chile proyectaban avanzar sus fronteras.
En el llano de Quem-quem-tren se realizó una Junta de Guerra, que ratificó al parecer del cacique: Moreno, debía regresar por donde había venido.

De regreso de una visita a las tolderías del cacique Ñancucheo, consigue convencer a Shaihueque, gracias a los buenos oficios de Quinchauala.
Shaihueque para asegurarse de que Moreno no se ausentaría más de una semana, plazo máximo concedido, lo autorizó a que llevara sólo “el montado” y como provisión de boca para toda la comitiva sólo una oveja. Siguiendo el curso del Limay, el 22 de enero de 1876 llegó al lago. Honda emoción al audaz joven al contemplar ese maravilloso panorama vedado para sus compatriotas. Era el primer hombre blanco que llegaba al lago desde el oriente. Bebió con gozo sus aguas.. La tentación de seguir adelante y visitar el lago era grande, pero la orden de regreso del señor de la región era concluyente. De regreso a Caleufú le esperaba una amarga sorpresa. El cacique Chacayal, su enemigo, lo acusaba de espía y pedía su corazón. La serenidad de Shaihueque calma al desconfiado cacique que permite el regreso. Moreno no demora un momento en partir. A revienta caballos regresa para prevenir sobre un malón de cuya preparación se había enterado. En Buenos Aires sus noticias son tomadas por temores de un muchacho asustado. El malón se produjo y causó muchas víctimas y pérdidas de animales.

Tres años tuvo que refrenar Moreno su impaciencia por volver a ver el maravilloso lago sureño. A comienzos de 1879, el Gobierno le encomienda la exploración de la costa patagónica, para ubicar territorios aptos para colonizar. Se lo proveyó de un barco inadecuado, el” Vigilante”, de 100 toneladas, más conveniente para la navegación fluvial que marítima.
Mientras el “Vigilante” recorre la costa, Moreno con Francisco Bovio, dos marineros y dos indios, aprovecha para dirigirse hacia la cordillera que lo atraía como imán irresistible.

Sale de Viedma el 11 de noviembre y comienza a costear el río Negro. En este trayecto incorpora como guías, al mestizo Hernández y al indio Gavino. Se apartan del río con rumbo SO. y por Valcheta y Maquinchau llegan a Tecka donde son recibidos por los caciques amigos Incayal y Foyel. Con alegría ve flamear la bandera argentina en la toldería. Esta bandera se la había regalado Moreno a Utrac, hijo de Incayal que se alojó en su casa cuando estuvo en Buenos Aires. El 8 de enero abandona la toldería acompañado por Utrac rumbo al gran lago.

En este viaje, Moreno descubre que la división de las aguas en algunas regiones de la Patagonia no coincide con las altas cumbres hecho nuevo en la geografía hasta ese entonces. Estas observaciones fueron de gran valor para la defensa de nuestro patrimonio territorial en el pleito fronterizo con Chile, cuando le tocó actuar como perito argentino.
En Esquel los abandona Bovio, por enfermedad y en Cholila salva Moreno milagrosamente de un intento de envenamiento de frutillas con leche. Hernández que ingirió mayor cantidad de tóxico, murió un mes después. En esta localidad recibe una carta de Shaihueque, escrita por Loncochino, llena de protestas de amistad e inocencia (se refería a unos indios mapuches, que habían asaltado y asesinado unos troperos, hecho que Moreno denunciara al Gral. Villegas) e invitándolo a su toldería en Caleufú. El 23 de enero descubre el lago que bautizó Gutiérrez y estando acampado junto a un añoso ciprés, que hasta hace poco se conservaba y que Moreno llamara “el Venerable del lago”, es virtualmente tomado prisionero por Loncochino y Chuaiman y llevado a Caleufú como rehén hasta que el gobierno liberara a los indios acusados de asesinar a los troperos.

Moreno consigue despachar a parte de sus hombres para advertir a Bovio y queda con los más fieles, José Melgarejo, Antonio Van Titter, Utrac y Gavino en Caleufú es recibido hostilmente por la indiada y debe comparecer ante el consejo de los caciques, presidido por Shaihueque.
Estaban allí Puelmanque, Molfiqueupu y el feroz Chacayal antiguo enemigo de Moreno.
Por orden del cacique debe escribir al gobierno pidiendo la libertad de los indios prisioneros.

Como salvoconducto para los chasquis portadores de las cartas envía al belga Van Titter. Días aciagos pasan en la toldería, expuestos constantemente a ser asesinados por la indiada y a ser abiertos vivos para ofrecer su corazón a los dioses. Cuidadosamente preparan la fuga. La noche del 11 de febrero huyen Melgarejo, Gavino y Moreno en una balsa bajando las aguas impetuosas del Collón Cura y del Limay luego. Navegan de noche y esconden la balsa de día al principio y luego a la inversa. El 19 llegan a la Confluencia, exhaustos, en el límite de sus fuerzas, hambrientos, con fiebre y heridos. Allí los auxilia un destacamento militar que esa misma tarde se desplazaba a Choele-Choel.

A fines de 1895 regresa Moreno a su querida Patagonia, pero en condiciones muy diferentes. En 1893 el gobierno de la Nación había decidido apoyar esa gran obra de Moreno en pro de la cultura e investigación, que fue el Museo de La Plata. Ahora lo acompaña numeroso personal especializado de las secciones topográficas y geológicas del museo.

La zona a explorar era muy amplia, desde San Rafael (Mendoza) hasta el lago Buenos Aires. A la región del Nahuel Huapi se dirigen. Schiorbeck, Bermichan, Wokff, Soot y Hauthal. Las comisiones se pusieron en marcha a principio de enero de 1896. Para obtener una visión de conjunto visitó a cada uno de los exploradores en el terreno. Sus observaciones y las de sus colaboradores, fueron sintetizadas en una obra “Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz” publicada por el Museo de La Plata en 1897.
En marzo de 1896 llega al lago Nahuel Huapi. En el lugar en que tuvo su campamento en 1880, estaba el campamento de Schiorbeck a cargo de Bermichan. El panorama había cambiado. Allí se había instalado un colono, José Tauschek y en las proximidades del ciprés gigante, el “Venerable del Lago”, los hermanos Wiederholtz habían levantado el establecimiento San Carlos. Se dirige al Sur y alcanza hasta el lago Buenos Aires y en abril, está de regreso en la chacra de Tauschek, donde recibe el informe de sus colaboradores.
 
Fuente: Viajeros.com – http://www.viajeros.com/article398.html





Patagonia: Don Andreas Madsen

18 05 2008

Desde Dinamarca, llegó a fines del siglo XIX y describió como pocos el sur del país

EL CHALTEN.- Después de una noche de sueño pesado, tras haber cruzado la Patagonia en camioneta desde la costa atlántica hasta la cordillera de los Andes, el despertar también tuvo su emoción. Y no por la sofisticación y confort del lugar, sino por lo que se vislumbraba inmediatamente por las ventanas con las primeras luces de abril.

Desde el suntuoso cuarto-bohardilla en el hotel Los Cerros, establecimiento hermano de Los Notros, frente al glaciar Perito Moreno, sin necesidad de levantarse de la cama se podía ver un paisaje espléndido, imposible de adivinar la noche anterior, al llegar en la oscuridad más profunda.

Montañas cercanas manchadas de nieve, las casas alpinas del pueblo de El Chaltén, un río zigzagueante, su nombre lo define: Río de las Vueltas, y a lo lejos, un bosquecito de álamos amarillentos, casi imperceptibles, pero movilizadores para quien conoce algo de la historia de este lugar.

Precisamente esos arbolitos amarillos, casi mimetizados con una pequeña mancha de bosque, a 1,75 kilómetros en línea recta del hotel, según ese milagro llamado Google Earth, fueron los que provocaron el golpe emocional en este cronista. Los álamos perdidos entre otro follaje o, más probablemente, aislados, son sinónimo de presencia humana en las pampas del sur de América del Sur. En general, una estancia, una chacra o, cuando menos, algún lugar habitado. O habitable.

¿Qué tiene de particular un asentamiento humano allí, frente a El Chaltén, un pueblito hoy considerado la Capital Nacional del Trekking? Es que se trata de los remanentes de la Estancia Fitz Roy, hogar de una de las plumas más entrañables de la literatura de la Patagonia Sur, don Andreas Madsen, autor de La Patagonia vieja .

Es leyenda

Madsen llegó muy joven a la Patagonia, escapando de los padecimientos de su hogar natal en Dinamarca, a fines del siglo XIX. Una de sus primeras tareas fue en la famosa Comisión de Límites, un equipo de exploradores que se internaba en los parajes vírgenes de la Cordillera para deslindar el territorio de la República luego de los tratados fronterizos con Chile. Francisco Moreno y Ludovico von Platten, otro dinamarqués, fueron algunos de los expedicionarios más conocidos, hombres que descorrieron el telón de algunas de las regiones más espectaculares de la Argentina y que, todavía hoy, por fortuna para quienes buscan paisajes vírgenes, están ahí para reencontrarlas.

Poco después, a principios del siglo XX, don Andreas se afincó en el lago Viedma, zona aún no colonizada por la ganadería ovina que, poco a poco, se expandía por todo el sur de la Argentina y Chile.

“Durante el primer par de meses -recuerda don Andreas en las primeras páginas de su libro- ni me di cuenta de mi soledad, tan atareado y entusiasmado estaba con la construcción de mi imperio. ¡La casa propia! Supongo que cada pioneer de verdad habrá sentido la misma urgencia: crear y conquistar sin destruir. El verdadero pioneer no destruye. La destrucción comienza con las grandes compañías y su capital sin alma. ¡Lástima grande que el Gobierno no haya decretado hace cuarenta años una reserva de 20 o 30 leguas para parque nacional en este hermosísimo rincón de la tierra. Cuando cierro los ojos y vuelvo al pasado, me produce tristeza y pesadumbre recordar el bosque de antes, con sus millares de ciervos paciendo apaciblemente, sin temor al hombre; con sus millares de zorros grises, plateados o colorados, igualmente sin temor, que a veces seguían al caballo como perros, o se metían entre éstos, o se sentaban en circulo alrededor del campamento, casi a la luz del fogón, esperando se les lanzara un hueso o un trozo de carne. Reabriendo los ojos, contemplo el bosque de hoy, quemado y desnudo, sin un ciervo en millas y millas; el zorro colorado se ha extinguido, y no es fácil ver uno gris en todo el año.”

Hace ya muchos años que parte de esa zona montañosa y de ventisqueros fue convertida en el Parque Nacional Los Glaciares, como lo reclamaba Madsen en la década del 40, cuando publicaba la primera edición de La Patagonia vieja, su libro más conocido.

Como Madsen, otros pioneros sacaron adelante estancias y establecimientos ganaderos contando solamente con su coraje, su paciencia y pasmosas extensiones de tierra, donde la única presencia humana era la de las últimas generaciones de aborígenes, escasos sobrevivientes de quienes poblaron el sur de la Patagonia por milenios y que ahora se disolvían en las sombras de la historia.

En la mayor parte de las estancias, los descendientes no continuaron con el emprendimiento de sus mayores. Sólo algunas familias aún mantienen la explotación original. En varios casos, sumaron a la ganadería la oferta turística y hoy son parte de Estancias de Santa Cruz, bloque en el que se complementan brindando alojamiento y servicios en diversos puntos de la provincia.

La conocida Estancia Cristina, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, es una de ellas. Muy cerca del glaciar Upsala y con acceso único a través de una extensa navegación por el lago Argentino, esta estancia histórica ya no funciona como establecimiento ganadero, sino como sitio turístico.

Así como la estancia de Madsen en el lago Viedma era base obligada para quien quisiera intentar el ascenso de los picos de piedra del macizo del Fitz Roy y el cerro Torre, antes de la era turística, la Estancia Cristina fue el refugio estratégico para varias de las expediciones que se internaron en el Campo de Hielo Sur.

Percival Masters y su esposa, Jessie, establecieron la Cristina a principios del siglo XX. Luego de grandes penurias lograron levantar un establecimiento próspero en las mismas puertas del Hielo Continental. Debido a estar asentada en un Parque Nacional, al desaparecer el último miembro de la línea sucesoria, Cristina es ahora administrada como un resort de cabañas de categoría en uno de los parajes menos conocidos de toda la Patagonia Sur. En cambio, lo que fuera la estancia de Madsen, frente a El Chaltén, se convirtió en un pequeño museo, aunque de difícil acceso ya que no hay un puente que la una con el pequeño pueblo.

Hoy, el viajero urbano puede disfrutar con la visión de la cara bonita de la naturaleza desde confortables hoteles y hosterías. No necesita enfrentar inviernos interminables, esperas eternas de víveres que se demoraban meses ni la ausencia absoluta de medicina, o autoridades, o caminos.

Por Sergio Zagier

De grumete a estanciero

Apenas un niño, Andreas se fue de su casa en Dinamarca con unas monedas en el bolsillo. Recuerda en su autobiografía que su sueño era salir a conocer el mundo y, con lo puesto y unas bolsas de carbón vacías rellenas con periódicos a la manera de cobija, se embarcó en un velero como grumete.

Varios años navegó, mientras transcurría su adolescencia con pequeños barcos por todo hogar, hasta que, a los 19, desembarcó definitivamente en Buenos Aires para buscar suerte en tierra, “rico como un Creso en comparación con cinco años antes”. A los pocos días obtuvo un puesto en la Comisión de Límites y en noviembre de 1901 partió hacia la remota Patagonia. Después de innumerables aventuras volvió a Dinamarca en 1912, “donde encontré libre aún a la novia que a los 7 años me había prometido su mano”. Dos años después viajaron a la Patagonia y “desde entonces han pasado 34 más y todavía estamos en la luna de miel”, confesaba don Andreas en “La Patagonia vieja”, editado por primera vez en 1948 y siempre vigente.

Su esposa, Fanny, falleció en 1950 y Andreas, en 1965. Sus restos descansan junto a dos de sus hijos en un pequeño jardín, entre arbustos y los álamos amarillos del otoño, allí, en esa vieja estancia que puede verse desde la ventana de un hotel en El Chaltén.

Fuente: La Nación – http://www.lanacion.com.ar/1013300
Domingo 18 de mayo de 2008 | Publicado en la Edición impresa