Expedición Atlantis - 1984
29 04 2008En 1984, durante 52 días de travesía, una balsa con una choza de bambú recorrió las aguas del Atlántico. A bordo, navegaba el coraje, el fervor romántico y la atracción por la aventura épica de cinco Argentinos; Todos ellos surcaron 5.5000 kilómetros de mar.
En 1984, durante 52 días de travesía, una balsa con una choza de bambú recorrió las aguas del Atlántico. A bordo, navegaba el coraje, el fervor romántico y la atracción por la aventura épica de cinco argentinos: Alfredo Barragán, abogado; Jorge Manuel lriberri, también abogado; Oscar Horacio Giaccaglia, comerciante; Félix Arrieta, camarógrafo de AIG; y Daniel Sánchez Magariños, recién recibido de ingeniero agrónomo. Todos ellos surcaron 5.5000 kilómetros de mar.
La idea de la aventura comenzó cuando Alfredo Barragán, jefe de la empresa, leyó, siendo niño, Las aventuras de la Kon-Tiki, obra donde el noruego Thor Heyerdahl relata el viaje marino que enlazó, en 1947, El Callao, en Perú, con la Polinesia. Heyerdahl buscaba demostrar la posible comunicación en lejanas épocas entre América y las islas polinesias. Para esto, atravesó 6.000 kilómetros de océano en la Kon-Tiki (imitación de una antigua embarcación polinesia). Poco menos de cuatro décadas después, un puñado de aguerridos argentinos habría de equiparar la hazaña del noruego. En su navegación, la expedición Atlantis unió el puerto de Santa Cruz de Tenerife, en la Islas Canarias, con las costas de Venezuela. Su barco con una choza de bambú era una réplica de antiguas embarcaciones africanas. El éxito del viaje demostró la posibilidad de que los habitantes del continente negro hayan arribado hace miles de años a la América Central, donde perdura su posible influencia a través de las famosas cabezas olmecas de rasgos negroides.
EL VIAJE DE LA ATLANTIS
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| La Atlantis, con su vela hinchada por el viento y su imagen solar en su centro (foto de Andrés Manrique de documental “Expedición Atlantis”) |
Ya estaban a mediados de junio. Hacía más de 20 días que habían partido del puerto de Santa Cruz de Tenerife, islas Canarias, y el sol empezaba a hacer estragos en la piel de los navegantes de la balsa Atlantis. A pesar de que todos eran hombres de piel curtida, acostumbrada a resistir, el sol que caía a pico en la zona ecuatorial medio del Atlántico quemaba fuerte. Y para colmo la crema humectante, que con tanto recelo habían previsto llevar en esta expedición, la olvidaron en las Canarias. Los posibles reemplazos de la crema humectante a bordo de la Atlantis no eran muchos: el aceite de cocina, el aceite de lino utilizado para mantener la flexibilidad en las sogas…
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| La expedición enarbolando la bandera argentina en medio del Atlántico (foto Cadei-Mosteirin) |
¿Y quiénes eran los expedicionarios? Alfredo Barragán (35)abogado; Jorge Manuel lriberri, también abogado; Oscar Horacio Giaccaglia (39), comerciante; Félix Arrieta (41), camarógrafo de AIG, y Daniel Sánchez Magariños (31), recién recibido de ingeniero agrónomo. Ellos pensaron que era posible navegar 3.000 millas marinas (5.500 kilómetros), en una primitiva balsa hecha con 9 troncos de madera balsa y una vela, para atravesar el océano Atlántico desde las islas Canarias hasta el puerto de La Guayra, Venezuela.
¿Y para qué hacer semejante viaje?, puede preguntarse uno. ¿Para qué viajar tanto y en esas condiciones tan precarias? Un resumen de los objetivos de este viaje puede ser el siguiente: un objetivo esencialmente deportivo; otro científico, porque el viaje de la balsa Atlantis podría demostrar la factibilidad de que los individuos de raza negra representados hace más de 3.500 años en las “Cabezas Colosales” -estatuas de basalto con rasgos africanos hechas por la tribu Olmeca en el golfo de México- hayan provenido de Africa a través del Atlántico; y un tercer objetivo cultural, ya que podrían realizar en este viaje una película de largometraje, un audiovisual con diapositivas y un libro sobre la expedición, todo con carácter documental.
Tres objetivos precisos pero atrás un gusto por encontrarse frente a la naturaleza, con todos los sinsabores y placeres que esto puede acarrear. Placer como el que les suministró a los 25 días de travesía una golondrina que se posó en la balsa. Sin temor alguno compartió con ellos el alimento durante cuatro días…
En los primeros días de navegación -partieron el 22 de mayo- esta balsa de 14 metros de eslora (largo de una nave), 5,50 de manga (ancho), hecha con 9 troncos de madera balsa y 6 traviesas ligadas todas con fibra vegetal, se vio obligada a navegar con olas de cuatro a seis metros de altura. Atravesaban una zona de vientos, y la balsa era impulsada por la corriente denominada Canarias. Esta corriente marina, que en su trayecto va cambiando de nombre -Canarias, Nordecuatorial y Ecuatorial-era el “motor”, junto al viento que recolectaba una vela cuadrada sostenida de un mástil bípode de 10 metros de altura.
Viento y mar, sólo con estos elementos querían llegar hasta América. Contaban, sí, con todos los instrumentos marinos necesarios para fijar la posición en el océano. Aunque a veces pudieron confirmar la ubicación con los datos suministrados por algunos barcos que se cruzaron en su camino.
En septiembre de 1983, Barragán y Arrieta viajaron a Guayaquil, Ecuador, en busca de los árboles de balsa “tipo hembra” y libres de corazón de agua que servirían para la construcción en un astillero de Mar del Plata, de la balsa Atlantis.
Cuando en la ruta enfrentaban a una isla, dos días antes debían comenzar a girar para evitarla.
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| Uno de los expedicionarios revisando cuerdas bajo agua (foto de Andrés Manrique de documental “Expedición Atlantis”) |
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| Barragán saludando a un helicóptero que vuela hacia la Atlantis como forma de saludo (foto Cadei-Mosteirin); |
“La oceanografía nos volvió a demostrar que cualquier cosa que flote y caiga al agua en las Canarias, es arrastrada hacia las Antillas, a la entrada del Caribe. Esta deriva tarda entre cuatro o cinco meses. Con una vela, este tiempo se acorta”, resumió al completar la travesía, Alfredo Barragán, el capitán de la Atlantis.
(*) Fuente: Artículo de Adrian Van der Horst y Jorge Cavalca publicado en Revista Gente el 19 de julio de 1984.







